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Artículo publicado en: Sin categoría » Recursos de formación (num. 6)


Cómo conseguir la motivación para el aprendizaje en el aula

La motivación juega un papel importante en la actualidad docente, pues de ella va a depender en buena parte el éxito o fracaso de nuestra labor como profesores, así como de los aprendizajes adquiridos por nuestros alumnos a través de la misma. El término “motivación” se usa de formas tan diferentes que no existe un acuerdo general sobre el tipo de conducta que puede ser clasificada como motivada. En lo que sí parece que hay acuerdo es en una característica peculiar de la motivación: se trata de una conducta que está dirigida y orientada hacia la obtención de metas. Este carácter selectivo y dirigido de la conducta, esta intencionalidad, es la propiedad esencial de la conducta motivada. Por otra parte, los conocimientos existentes sobre la misma indican que la motivación es el resultado de la interacción del individuo y la situación y que, además, el grado e intensidad de ésta varía entre las personas y dentro de cada persona según el momento. La motivación y el aprendizaje están muy relacionados por dos motivos. Por un lado, la motivación en numerosas ocasiones es considerada como un recurso importante para favorecer el aprendizaje. Y por otro lado, el tipo de actividades propuestas en el aula escolar influyen en la motivación de logro.

Por todo ello, los nuevos enfoques cognitivos han hecho de la motivación uno de los factores claves en educación, debido a que un gran número de estudios de investigación coinciden en relacionar la motivación con la curiosidad despertada en los alumnos, la perseverancia con la que se enfrentan a las distintas tareas que se les presenta, el aprendizaje y la ejecución. Constantemente estamos oyendo las numerosas quejas por parte de los docentes acerca de la desmotivación de sus alumnos hacia los contenidos escolares y la falta de esfuerzo por parte de los mismos para adquirir los conocimientos y capacidades a los que conduce la actividad docente. Por supuesto, estas quejas se prodigan más durante la Enseñanza Secundaria, etapa en la que muchos de los alumnos permanecen por imperativo legal, siendo muchos de ellos repetidores de curso y a los que el sistema de promoción automática ha ido apagando en ellos cualquier chispa de interés por aprender que pudiera quedar. Dicha desmotivación se suele interpretar atendiendo a dos formas de afrontar el problema. Por un lado, estarían los que centralizan el problema en el contexto familiar y social por no favorecer la motivación de los alumnos, al no ver éstos que se valore el esfuerzo y la adquisición de capacidades y competencias. Lo que tendría como consecuencia el atribuir el desinterés y bajo rendimiento tanto a las actitudes personales de los alumnos como a factores externos a ella. Todo ello provocará, en primer lugar, que el profesorado piense que no está en su mano favorecer una mayor motivación frente a un contexto que escasamente fomenta el interés por el aprendizaje; dejando algunos de esforzarse por intentar motivar a sus alumnos. En segundo lugar, su autoestima profesional y valoración de su profesión se hacen más negativas ante la incapacidad de conseguir los logros educativos que alimenten su grado de satisfacción por la labor desempeñada. Otros, en cambio, ven el problema más en su propia actuación como docentes. Es decir, hacen la reflexión de qué deben cambiar en su planificación, qué es lo que pueden hacer ellos para que sus alumnos se interesen por aprender y lo hagan con el esfuerzo necesario. Con esto no queremos decir que debemos negar que el contexto social y cultural en el que crecen nuestros alumnos ejerza un efecto sobre su interés y motivación por aprender. Pero implica reconocer que el contexto escolar afecta de modo importante a la forma en que se enfrentan a su trabajo en el aula.

A lo largo de toda la vida, pero especialmente en la infancia y en la adolescencia, los educadores (padres, abuelos, profesores, cuidadores…) somos los principales referentes en el que los jóvenes se apoyan para encontrar claves de ser. A través de nuestra forma de comportarnos y comunicarnos con ellos, decidirán si la vida merece vivirse; si ellos merecen vivirla y si los demás se merecen su confianza. Goleman afirma que nosotros, como seres humanos, no somos apenas razón, sino también emoción; por tanto, lo que el profesor siente sobre lo que está pasando a los alumnos, lo que siente sobre la clase y la conciencia que tiene sobre la importancia de expresar coherencia entre lo que habla y lo que demuestra con su cuerpo, puede alterar el grado de motivación de los alumnos en la clase. Nos parece interesante citar a continuación una serie de factores que inciden en la motivación del alumno y que debemos tener en cuenta a la hora de afrontar nuestra actividad docente:

  • Factores relacionados con la situación vital de cada uno: familiares, sociales, profesionales, entre otros.
  • Factores relacionados con la actividad del estudio: hacen alusión a los factores relacionados con aspectos institucionales, características del centro, relación con el profesorado, o las propias características de la tarea.
  • Factores personales: cognitivos, de personalidad, estudios previos, estrategias de aprendizajes disponibles, experiencias previas, habilidades comunicativas, entre otros.

En consecuencia, debemos tener en cuenta que la interacción entre los contextos creados por el profesorado y las características con las que el alumno aborda el trabajo escolar no es estática sino dinámica. Como ya sabemos, en numerosas ocasiones, los alumnos comienzan una tarea con el máximo interés para poco a poco durante el desarrollo de la misma ir perdiéndolo. En consecuencia, nuevamente se hace importante la reflexión del profesorado sobre las características motivacionales de los alumnos desde una perspectiva dinámica. Es decir, han de considerar las implicaciones de la interacción entre las actuaciones del profesor, la respuesta del alumnado, los efectos, paso a paso, de las formas en que éstos acometen sus tareas, los modos de apoyo e intervención del profesor a lo largo y después de éstas, etc. Si no se hace de esta forma, se puede llegar a conclusiones equivocadas sobre el valor de las distintas formas de afrontar la enseñanza. Por ello, debemos dirigir nuestra práctica docente hacia la consecución de la motivación para el aprendizaje. Para ello debemos tener en cuenta las siguientes premisas:

El alumno debe percibir la utilidad de los objetivos de la tarea a realizar. Todo alumno que no perciba dicha utilidad no estará motivado. El contenido no tiene por que ser interesante en sí mismo, va a depender fundamentalmente de la forma en que el profesor lo presente. Por ello, es necesario utilizar metodologías activas y participativas en la que los alumnos jueguen un papel importante en su propio proceso de aprendizaje. Para ello, podríamos utilizar actividades novedosas, complejas, ambiguas…; de esta forma podemos activar y despertar su curiosidad. Implica enfrentar a los alumnos con fenómenos novedosos, que van a plantearles interrogantes y desafíos que no se habían cuestionado con anterioridad. El desconocimiento de la respuesta activa su curiosidad y hace que su atención se dirija a la búsqueda de la misma. Será necesario por tanto, variar y diversificar las tareas para que sigan despertando curiosidad. Comenzar directamente a explicar puede dar lugar a que los alumnos consideren que la meta no es otra que memorizar y aprobar.

El sentirse competente le supone al alumno pensar que puede aprender, lo que favorece que tenga sentido realizar el esfuerzo necesario para conseguirlo. El alumno va afianzando una valoración de su competencia como estudiante en función de los resultados que obtiene, de los comentarios que sobre estos resultados se realizan y de las expectativas que transmiten profesores, padres y compañeros. Los docentes deberán explicar el proceso de ayuda que promueve no solo el aprendizaje del tema, sino sobre todo, que pregunten cuando no entiendan, que sepan qué hacer cuando tengan dificultades y que perciban que los errores son también propicios para aprender. Ante todo se debe favorecer que los alumnos tengan buenos resultados y confíen en su capacidad.

La percepción del grado de control que tiene durante el desarrollo de su proyecto personal: tener un proyecto supone ver el trabajo escolar como un medio para irlo consiguiendo; la ilusión por este proyecto puede hacer que tenga sentido implicarse en actividades que no son muy atractivas o que requieren mucho esfuerzo. La sensación de estar haciendo lo que se quiere y conviene hacer, es un elemento muy significativo de madurez que favorece la disposición a esforzarse en las tareas escolares.

El profesor debe mostrar al alumno que le importa como persona, independientemente de que sea un buen o mal alumno. Para los alumnos tiene más sentido llevar a cabo su actividad intelectual si perciben que el profesor quiere ayudarle. Deben sentir que son escuchados y se preocupan de que aprendan sin estar sujetos a comparaciones ni favoritismos, favoreciendo así su rendimiento. Esta tarea no es fácil puesto que los docentes atienden a un grupo considerable de alumnos que es distinto cada año. Sin embargo, podemos señalar diversos comportamientos que el profesorado ha de llevar a cabo:

  • Escuchar de modo activo, es decir, mirando al alumno con atención mostrándole que tratamos de entenderle, para lo que pedimos aclaraciones si es preciso.
  • Hacer eco de sus intervenciones y respuestas, mostrando de este modo que le escuchamos y que nos parecen positivas.
  • Asentir con la cabeza mientras nos habla.
  • Ampliar sus respuestas, si nos parecen incompletas, pero tratando de no perder lo positivo que haya dicho.
  • Si la intervención o la respuesta son incorrectas, preguntar por qué se dice lo que se dice: normalmente permite ver que la respuesta aparentemente incorrecta tiene cierta justificación, lo que salva la autoestima del alumno.

El profesor sólo puede ser motivador desde el  respeto y la autoridad moral que le concede el alumno. El respeto y la autoridad se la juega el profesor en su actividad diaria: el presentar el tema, resolver dudas, controlar la disciplina.

Los compañeros suponen una fuente de información y modelo de proyecto de futuro. Además, la perspectiva de seguir estudiando se vive y se transmite en las relaciones entre alumnos. El profesor no puede ser el único que enseña, los alumnos son también fuente de información y ayuda; los proyectos de trabajo en equipo y la enseñanza tutorizada entre alumnos promueven la responsabilidad y animan el esfuerzo. Los beneficios de las relaciones entre alumnos no ocurren de forma automática, requieren de la intervención del profesor y de un trabajo sostenido en el tiempo, que dificulta sobremanera la labor del docente, pero merece la pena. Esta forma de trabajar, a su vez, también tiene cabida para trabajar con alumnos con distintas motivaciones, pues permite el agrupamiento de forma heterogénea, que resulta ser mucho más enriquecedor para todos (docentes y discentes).

La forma en que los alumnos son evaluados, constituye uno de los factores contextuales que más influye en su motivación o desmotivación frente a los aprendizajes escolares. La evaluación de los alumnos va a ser motivadora en tanto en cuanto sea vista como evaluación para la mejora y facilite información de los errores y dificultades de los alumnos, así como propuestas para superar dichos errores y paliar las dificultades. De lo contrario, será vista como un evento que sirve solo para juzgarles, pero no para ayudarle. Los profesores deben clarificar lo más posible los criterios de calificación antes de la evaluación y que sus alumnos los conozcan, facilitándoles así la seguridad que les crea el saber que estudiando tales o cuales cosas y haciendo el examen del modo indicado, su calificación no dependerá de la subjetividad del profesor. Si no es de esta manera, las expectativas de poder asegurar con su esfuerzo la nota disminuirán, teniendo por tanto, efectos negativos para la motivación.

Los buenos profesores siempre están pensando en maneras de mejorar “qué” y “cómo” los alumnos aprenden y crean una atmósfera en que los alumnos son motivados por lo intrínseco en vez de lo extrínseco (por ejemplo, pasar en el próximo examen, obtener una nota alta).

En definitiva, para conseguir la motivación del alumnado en el aula es fundamental que el profesor se sienta entusiasmado por la propia enseñanza e interesado en el bienestar de sus alumnos y esté siempre pensando y trabajando en la mejora de su enseñanza y del aprendizaje de sus alumnos.

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Información del artículo:

Fecha de publicación:
15 de marzo de 2010

Autor/a:
Mª Josefa Barrios Naranjo

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